Hubo un tiempo en que este partido era una frontera emocional. Una cita obligada. Un duelo que partía a la ciudad en dos. Y, después de demasiados años de silencio, el clásico más antiguo, el clásico de la zona sur, el clásico de la gente, volvió a arder en el Mariano Amable.
Lo que se vivió ahí adentro fue más que fútbol: fue una convocatoria ancestral. Un grito que venía de lejos. Las tribunas explotaron en un marco perfecto, familiar, popular y vibrante, como si el sur hubiera guardado esta fiesta en el pecho, esperando el día exacto para liberarla.
Porque la pasión no envejece.
Porque las camisetas cambian de talle, pero nunca de sangre.
Y porque la herencia más grande que deja el barrio es esa: ver a los más chicos levantando la bandera que alguna vez levantaron sus mayores.
Las imágenes, capturadas por Sebastián Pittavino, también llevan su propia carga emotiva. Él —como tantos— tenía razones profundas para estar ahí, para emocionarse, para ser testigo y custodio de un capítulo que ya quedó grabado en la memoria de la zona sur.
El resultado del partido fue empate sin modificar el marcador, algo injusto para la gente que tendrá que esperar un poco más para soltar el grito, pero estoy seguro que ese momento llegará.
PH: Sebastián Pittavino


